Acepté, a tientas. Porque lo necesitaba. Porque extrañaba la chispa que me había acompañado en años anteriores. Porque sí.
Entré como maestra sustituta, la tercera en tres meses, pero el dato no me amedrentó. En esa época, estaba convencida de poseer ciertos superpoderes (siempre encontrar estacionamiento, encantar serpientes cuando estoy del lado del pizarrón). Y, si bien, recién había tenido a Victoria Luminosa y todavía le estaba agarrando la onda al cansancio eterno, impartiría literatura latinoamericana. Era una estupenda oportunidad. ¿Qué podía fallar?
Todo.
Llegué con mis herramientas habituales. Me topé con algo peor que la indiferencia o la desmotivación: eran, básicamente, 35 chamacos malcriados. Respondones, inútiles, tarados, flojos. Sin el más mínimo interés en algo distinto a su ropa de marca y a su laptop. Todavía me dí el lujo mental de azotarme creyendo que no eran ellos, que era yo que había perdido mi superpoder y añoraba, todavía más a mis exalumnos, los de la otra escuela, y la magia que hacíamos juntos.
Intenté lo que pude. Películas, obras de teatro, rompecabezas. Aquellos seguían con sus dos neuronas, hablándose a gritos, pateando la puerta, bajándose los calzones en la esquina lejana; y yo tratando de hablarles de Macondo, de Rayuela, de Borges y los senderos que se bifurcan. "Estamos seguros que usted puede, maestra" me decían en la coordinación. "Ya ve cómo son los muchachos".
Me jugué la última opción. Les entregué una hoja en blanco y les dije: es simple, la lectura se disfruta más aprendiendo a escribir, así que hoy ustedes serán los escritores latinoamericanos. Comenzaron las jetas y los murmullos. Callen. Y escriban todo lo que sepan sobre su nacimiento.
Supongo que fue el regodeo de la propia historia. O que eso los conectaba con sus padres. O que, efectivamente, aún me quedaba algún superpoder. Callaron, escribieron, se concentraron y ví mi salón de clases resplandecer en actividad pensante...al fin. Mientras guardaba mi látigo de autoflagelación, una alumna se acercó a mi escritorio, devolviéndome la hoja en blanco. "Soy adoptada"-me dijo. "Esta clase apesta".
Me sentí, al igual que ella, como una pendeja.
Ay de las maestras que se desviven por abrir un poco las cabezas de sus alumnos... Ay de ellas, porque nunca se rajan.
ResponderSuprimirSaludos, Maestra.
En contraste y complementando el buen comentario anterior, diré:
ResponderSuprimirAy, por los alumnos que gracias a su diaria dosis de indiferencia, obtienen ignorancia como recompensa... Ay de ellos, porque nunca se enteraran del honor que se perdieron...
Todo lo que un buen estudiante daría por tenerla como profesora de la vida, el arte y la alegría de aprender a aprender...
Nunca debió sentirse como se sintió, pero quizá fue empatia, así que lo respeto...
¡Saludos, amiga!
-RickySmart
Hago memoria de mis mocedades y recuerdo compañeros de banca que fueron una verdadera pesadilla. No respetaban al maestro y como respuesta, el maestro tampoco los respetaba.
ResponderSuprimirPero maestros como tú, hacen la diferencia. Eres grande Mallestra...
Love u
De mis profesiones "alternas" tengo la de dar clases, he tenido alumnos que casi son de mi edad y desesperantes...
ResponderSuprimirAhora cuando de repente me escriben y sé q trabajan, me siento como mamá gallina.
Saludos maestra!
NNK