martes, 13 de abril de 2010

La muchachilla


Si, vista por fuera, una oficina en crisis ofrece amplio material para la interpretación psicosociológica, tener una entrevista de trabajo en una oficina en crisis es una experiencia única.

La situación era la siguiente: una muchachilla de la redacción había captado la atención del dueño de la editorial. Que si se gustaban, que trataban de disimular, que él de pronto tenía muchos proyectos que consultarle en su oficina a puerta cerrada. Al cabo de los meses, la muchachilla abandonó su cubículo gris, junto a la impresora, y se mudó a su privado, en la zona privilegiada del edificio, con vista al Ajusco. También se mudó a un departamento que el jefe le puso, cuando éste dejó, vía divorcio, a la esposa y a los tres hijos. La muchachilla, sin embargo, no era del todo feliz porque siempre tuvo, en su corazoncito, el deseo de corregirse el tabique desviado. Ah, y de tener un BMW. Tuvo, por supuesto, su operación de nariz, junto con la mamoplastia, la lipoescultura, las inyecciones de colágeno y el tatuaje de cejas y pestañas. Obtuvo, también, el mejor lugar de estacionamiento porque ahora era la segunda abordo en la editorial y llegaba a trabajar a bordo de un auto de lujo.

Total que necesitaban a una muchachilla para cubrir el puesto deslucido que ella había dejado vacante y esa era la razón por la que yo tenía que presentarme a la entrevista. Era la oficina más tensa que he conocido, el estrés podría rebanarse y empacarse, para llevar. Yo iba de muy buen talante; me gustaba, como ahora, escribir, y me había motivado que me hablaran inmediatamente después de haber mandado la solicitud. No hay nada más desesperante que estar aguardando por semanas la respuesta de un trabajo.

Me entrevistó la misma muchachilla superada en persona. Era como Michael Jackson pero en guapa. Tenía, según noté, algunas dificultades en parecer normal y estable. Comenzó por preguntarme por mi experiencia escribiendo, si conocía la revista, qué temas me gustaban. Cuando empecé a responder, me interrumpió: ¿crees que me queda bien este color de ceja? Yo, que supuse que la candidata a redactora en una revista para mujeres debería saber de asuntos de belleza, le dije que sí, que el tono de su ceja combinaba con su tez y con su tinte, muy buen color para el verano. Esperé la pregunta dos, quizás relacionada con la habilidad de trabajar bajo presión, capacidad de trabajar en equipo o manejo de los idiomas, pero fue: ¿te dijo algo la secretaria?. Sí, que pasara y llenara este formato. No, tarada, si te dijo algo de mí. ¿Te previno? ¿Te dijo a quién vas a reemplazar?

No, no, no, contesté. Pero antes de poder solicitarle que "tarada" estaba fuera del rango de opciones con las que podía dirigirse a mí, sollozó. Es un infierno, esta oficina, ¡un infierno!- gimió. Se sonó la nariz y me devolvió el formato. Bueno, estás contratada. Pon aquí lo que quieres ganar y preséntate el lunes. Ni una palabra de lo que aquí hablamos, ¿oíste? Porque hay cada arpía en la redacción...

En esa época yo estaba convencida de que cualquier situación que disparara mi adrenalina era sinónimo de vida vivible, así que entré a trabajar a la susodicha editorial, donde era insportable hasta respirar. No duré ni seis meses. Era un puesto, efectivamente, para taradas.

4 comentarios:

  1. Conozco tantos lugares así...

    Liv

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  2. Hoy que veo tu post, el mío es una mierda.
    Abrazo hasta tu latifundio.

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  3. Me da gusto que no hayas durado ahi. No hay peor que ver un ruiseñor en una jaula para canarios....

    Tiene razon tu amigo Chanfle II: Una narrativa espectacular.

    Cuidate!

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