jueves 26 de noviembre de 2009

Mediterráneo


La mera verdad es que tenía otros planes completamente distintos para el post del día de hoy. Muy distintos. Pero, lo vuelvo a comprobar, la vida da varias vueltas y uno nunca sabe dónde puede estar mañana.

Iba a escribir de circunstancias que nos han pasado a todos, por ejemplo, que un día me hayan cambiado el asiento del Turibús y la persona que estaba en mi lugar le cayó tremenda caca de pájaro en la cabeza o que me hayan insistido en ir a una fiesta y haya conocido al hombre que es dueño de mis latidos cardíacos en este momento...cosas que nos pasan y que vaya usted a saber si es casualidad o causalidad.

Pero...a veces, las cosas son un poco, digamos, provocadas por terceros. En mi caso, a veces, para tomar algunas decisiones, necesito de un tercero que me empuje, me eche la mano, digamos, básicamente, lo que viene a ser. Y a veces, me toma mucho tomar una decisión. Que si no es por el dinero, es por el tiempo, porque está lejos, por lo que sea. Para pretextos, puedo ponerle mil a cualquier cosa.

Así traje a mi amga Coquis desde el año pasado con que iba o no a visitarla a Barcelona. Ella me insitió mucho desde que nos volvimos a reencontrar en Facebook, hace más de un año. Y como somos los mexicanos decimos que si, pero nunca cúando. Bueno, pues me vine a vivir a Berlín y de las primeras cosas en mi Bucket List fue tal cual y se los pongo:

IR A VISITAR A MI AMIGA COQUIS...SI NO, ME CHINGA!!


Y pues heme aquí, feliz, reencontrándome con mi pasado y disfrutándolo a cada momento que pasa. Ella contribuyó en gran medida a que me viniera a Europa a vivir. Ella me chingó hasta que accedí regresar al Mediterráneo, que ya tenía unos años sin visitar. Ella me abrazó por 10 minutos cuando nos vimos. Ella fue una de mis grandes amigas en la primaria. Ella irradia fiesta y alegría. Ella es Coquis Rubio, mi gran gran amiga...

Si, agradezco a la vida que me haya insistido.

miércoles 25 de noviembre de 2009

Nezzzzedad


Mamador y mamadorcito. Yo como de 24 años, mi hermano Alex como de 14. Los polluelos del Dueño de la Fábrica.

Y que nos vamos al beisbol, al Sky Dome de Toronto, a ver el Blue Jays vs. Twins. Me gusta más el ambiente beisbolero que el juego en sí: el organito clásico que retumba en las tribunas, los uniformes de ciudades en manuscrita, los aficionados que no se disfrazan tanto como los del americano. Ah, claro, y los mil concursos entre innings.

Nos sentamos allá por el jardín derecho. Mi hermano, deportista de toda la vida, no sabe ni cuál es el pitcher; de hecho le importa un rábano. Nomás vino a tragar jochos y a empujárselos con pink lemonade. Y en gran medida está aquí porque el hotel Renaissance (en el que nos hospedamos) tiene un pasillo comunicado con este famoso estadio. Dio 30 pasitos el nene y ya había llegado. Nomás por eso me hizo el honor. De lo contrario, se habría quedado alaciándose el cutis con la almohada.

Francamente no recuerdo el boleto que teníamos, pero digamos que el mío es el 15307 y el de Alex el 15308. Así pues, que comience el partido. En el primer strike, mi hermano está hiper entretenido mirando el techo retráctil. En la primera bola, ya pegó el primer bostezo. Ni siquiera se ha completado el inning 1 y ya anda haciendo pachona su chamarra sobre el asiento para preparar el coyotito que lo confirme como un dormilón de alto rendimiento. "Luizzz..." (es zipizapo) "...zzi me duermo, no me molezztezz, ¿ok?". Y yo me pregunto... ¿los zipizapoz, cuando se jetean, sueñan en blanco y negro?, ¿su alfabeto empieza también con la "A"?, ¿su lengua caduca 10 años antes por el uso intensivo?, ¿Mazinger Z es su ídolo? Para no perder la costumbre, ya me desvié. Retomo el tema.

A la mitad de la séptima entrada, se anuncia el enésimo concurso de la noche. No tiene mayor chiste que avisar de un boleto al azar a cuyo dueño se le premiará con 750 dólares y una gorra oficial de los Blue Jays. Todos tengan a la mano su número de boleto y al final del inning saldrá el afortunado en la pantalla gigante. A mi hermano, ya despiertito tras su súper jeta de 6 innings de duración, de pronto le entra un impulso eléctrico y me dice que intercambiemos boleto. En algún raro rincón de su cerebro cree que el premio caerá por nuestras butacas (ajá, entre 37 mil fulanos). "Luizz, quiero tu boleto". "No". "¡Ándale!". "¡Que no!". "Porfazzz", "¡Que nooo!", "Ay, tú mizzmo estázz diciendo que no vamoz a ganar". "Bueno, ok, está bien".

Y sí. Ya con el intercambio de boleto consumado, al final de la entrada 7 sale en la pantalla gigante la caricatura de un lindo azulejo volando con un sobre en el pico. Se para en el brazo de un beisbolista, abre el pico y deja caer el boleto ganador (igualito que Gurrumina). ¡15308!, ¡o sea el mío!, o sea, el que "era" (eeeeeera) de mi hermano, o sea, no mamen. Lo juro, y la desgracia y el berrinche de Alex hacen que se le desfigure el mentón con semejante furia. Grita que él es el del boleto de oro. Yo, con una serenidad insoportable a sus ojos, simplemente le agradezco su necedad. Me enseña dientes de sierra; me vale tres pepinos. Alejandrito, Alejandrito mivido, Alejandrito de tu mami y de tu papi, ya-te-chin-gas-te. Anda, levántame en hombros y festeja a tu hermano mayor, que no cualquier tlatoani viene a conquistar el Sky Dome en pleno verano.

Muchoz añoz dezpuéz, la nazzión zipizapa no olvida zzu máz cruel derrota.

Por nezzio.

martes 24 de noviembre de 2009

Trofeo



-Ándale.
-No.
-Ándale.
-Ya te dije que no.
-Te va a gustar.
-No, prefiero esperarme.
-¿Cómo vas a querer esperarte? Si es lo mejor del mundo.
-Pues ya ves.
-No, en serio, ándale.
-Me vas a hacer enojar.
-No hay problema, ahorita nos contentamos.
-Qué lata das, caramba.
-Tú dí que sí.
-No.
-Ándale. Tú si quieres, lo veo en tu cara.
- ...
- Es que ya no aguanto.
- Pues allá tú.
- Mira, lo intentamos y si no te gusta, ya no le seguimos.
- ¡Ash!
- Andale, ándale, ándale.
- Bueeeno. Está bien.
- No te vas a arrepentir.


Dejo que la imaginación de los lectores haga las conjeturas correspondientes sobre la conversación anterior. ¿Se trata de una iniciación erótica? ¿De una confesión? ¿De un cambio de hábito? ¿De alguien que no podía aguantarse a dar un regalo y su interlocutor se resistía a recibirlo? ¿De una apuesta? ¿De un travesura? ¿De un delito?


Sea lo que sea, insistir tiene sus bondades. Y la persuasión, sus trofeos.

lunes 23 de noviembre de 2009

El maestro del regateo

No cualquiera puede ejecutar con gracia el arte de regatear. Se necesita antes que nada seguridad en uno mismo, un objetivo claro, y saber perfectamente cuál es el margen de maniobra. Lo que viene siendo el colmillo, ése que tenía largo y retorcido mi abuelo Afif.

Mi abuelo no estudió una carrera ni heredó algún próspero negocio familiar. Vivió de sus relaciones personales y de su habilidad para conseguir cosas, ya fueran bisnes, dinero, permisos o una esposa. Por el contrario, yo, educado bajo el mainstream del caminito tradicional, nunca he podido concebir una supervivencia de esa manera, y mucho menos de chavito, cuando vives protegido por todos lados.

Comenzando algún ciclo escolar, por ahí de tercero o cuarto de primaria, le comenté a mi abuelo que mi mochila ya estaba pa’mearla, y que me urgía otra si no quería que yo llegara a la escuela con una bolsa del mandado, so riesgo de que me putearan a la entrada del salón.

Entonces fuimos a una tienda de mochilas ubicada en Félix Cuevas, justo al lado de Banca Cremi, donde él trabajaba, para conseguir alguna mochila que me gustara. La situación económica de mi abuelo nunca fue boyante y muchas veces precaria, pero una de sus más grandes muestras de cariño fue hacernos creer, invariablemente, que todo estaba bien. Así que nunca me decía que no.

Llegamos a la tienda y le puse el ojo a una mochila roja. No era la de los Supersónicos, pero tampoco un bulto de cemento. Si mis memorias no me fallan, costaba 400 pesos. ¿Ésta?, me preguntó Afif como advirtiendo el último tren porque iba a comenzar la negociación. Sí, ésa. Pues voy que te quedó jabón.

Para mi abuelo no existía precio definitivo. Libanés de nacimiento, traía el regateo, el jaloneo, el estirayafloja a flor de piel, y siempre tenía la convicción de poder conseguir un beneficio extra. Tomó el vendedor del hombro y le dijo: ¿Cuánto cuesta esto, hijo? 400 pesos, señor. No no, ya, cuánto cuesta, lo menos. Señor, esto es una tienda, cuesta 400 pesos. No no, a mí no me vas a hablar así, llámale a tu gerente.

Increíblemente, yo estaba del lado del vendedor. Tenía razón, era una tienda, no el mercado como para negociar el precio del jitomate. Pero a mi abuelo eso le valía un sorbete y llámale a tu gerente. Me acerqué a Afif para decirle, muy polait, que no mamara y que entendiera que con el código de barras es imposible negociar. Tú espérate. Pero abuelo, que tú te esperes dije, jara (el vocablo árabe por excelencia de mi abuelo que sustituía a “guey”, “cabrón”, “tarado” o “hijo de tu pinche madre”, según fuera el caso. Si les contara su significado literal estaríamos hablando de otro post).

Tons llegó el gerente. A ver mano, me dice aquí el joven que cuesta 400 pesos esta mochilita. Sí señor, así es. ¡Pero cómo creee! ¡Esto no cuesta 400 pesos ni en broma! ¡Por favor, yo tengo bodegas en el centor y esta mochila no cuesta 400 pesos de chiste mano! (Mi abuelo no tenía ni un puesto de pepitas en el Metro Pino Suárez, pero sabía perfecto de lo que hablaba. O al menos eso le hacía creer al vendedor, al gerente, y a cualquiera que lo escuchara. Ése era su encanto).

Vinieron dos o tres intercambios de argumentos. En cualquier otra circunstancia, o mejor dicho, con cualquier otro cliente, el gerente tenía tooooodo como para mandar al regateador por un tubo y decirle sabe qué, si no paga los 400 pesos váyase al metro a conseguir otra mochila. Pero el rival era mi abuelo.

Yo no los perdía de mi vista, y por ahí me acerqué para decirle a Afif que ya no insistiera. Volteó a verme con ojos de revólver, y tomó del hombro al gerente antes de alejarse de mi presencia, mi estorbosa presencia. Se fueron 10 minutos mientras yo me hice pendejo baboseando en la tienda. Y volvió mi abuelo.

Vámonos, traete la mochila. ¿Qué? ¿Pagaste los 400 pesos? N’ombre, traetela. Pero… ¡Que te la traigas y vámonos ya, antes de que se arrepientan! Pues vámonos.

De regreso a la casa en su Corsar rojo, me dijo que había pagado 200 pesos. Yo me empecé a reír incrédulo, cuestionándome cómo carajos le había hecho para obtener 50 por ciento de descuento así de la nada, literal, por sus purititos huevos. Ignoro a la fecha si le dio una mordida al gerente, si lo invitó a comer después o si le prometió algún crédito bancario. Lo dudo mucho, pues cualquiera de las anteriores hubiera implicado una pérdida del beneficio… y mi abuelo nunca la perdía.

Así que yo obtuve mi mochila, y Afif una victoria más en el mundo del regateo, que en realidad era la escuela de la vida, en la que él tenía maestría y doctorado, y en la que yo apenas voy en tercero o cuarto de primaría.

Todavía.

viernes 20 de noviembre de 2009

Antes que rana...


Odiaba verse en fotos. Siempre dijo que su oreja derecha era más grande que la izquierda. De ahí que la mayoría de sus poses fueran de perfil. Vanidad, terrible y deliciosa vanidad. Si hubiera podido colgar cada noche su cuerpo en un gancho para no arrugarse, lo habría hecho. Un mamador agradable. Claro en sus locuras, claro en su alma. Su carácter, casi siempre con sonrisa, era ligero. Un corcho en el agua.

Lo recuerdo fumando y rompiendo la regla de los baños del Asturiano. Apenas acababa de bañarse y duro, a morder el primer cigarro con la toalla mojada sobre los hombros. Un vicioso que hasta para eso mostraba charming.

Hacía muecas raras y muchas veces se despeinaba a propósito con tal de que las nenas le dijeran que tenía un cabello envidiable. No por nada, una de sus estupideces favoritas era contar que el peluquero le decía constantemente: "¡Cómo le crece el pelo, joven!". Le resultaba gracioso. Y con el tiempo, a mí también.

El último día que David y yo hablamos por teléfono fue el 9 de noviembre. La última vez que nos vimos fue el 6 de junio. La última vez que lloré por él fue esta misma mañana. Y el llanto me viene por cualquier cosa, como recordar que siempre decía "Ulalá" cuando veía pompas esféricas en jeans apropiados.

Podría contar mil anécdotas de mi hermano, pero no puedo ahora. Me he puesto horarios para llorarle, y sé que las noches a solas son el momento indicado. Puedo gesticular el derrumbe y no cuidarme tanto, pero a oscuras esto duele, duele más. El día tiene sus ventajas, las distracciones son reales y abundan, aunque de fondo, no reparan. Soy reacio a aceptar. Extraño a David.

La única vez en que me conmocionaron en el futbol, él ayudó a colocarme en la camilla del modo más cariñosamente cavernícola, él cargó la mitad de ella y él fue el primero del equipo en visitarme. También fue quien me guardó mis zapatos de futbol y la camisa manchada con sangre. Microscópicos detalles de las amistades gigantescas.

Aunque El Terrible presumía que nuestro lazo era de ida y vuelta, para mí él fue un espíritu tutelar que florecía a voluntad y que sabía volar. Un tipo tan iluminado al que hoy le alcanza para hacerme zigzaguear entre lágrimas y risas. Cuando más le estoy llorando es cuando más risa me da recordar sus pendejadas. Por pendejadas se pierde gente, por pendejadas también se mantiene cerca y tibia. (¿Quién gasta una llamada de larga distancia para decir que un renacuajo en proceso de madurez es menos feo que cuando se vuelve rana?). Los verdaderos amigos tienen todo el tiempo del mundo, incluso para perderlo.

Me habría encantado envejecer y caminar alguna noche agarrado de su brazo como dos ancianos que juegan a sobrevivir entre medicamentos. Aunque no podrá ser, al menos me agradezco haberle dado un beso en la mejilla justo en la última tarde en que lo vi. Nunca lo había hecho. Simplemente sucedió.

Si David descansa sobre su sonrisa, estará muy cómodo. Le pido a Dios que así sea, porque muchas veces, y de muy diversos modos, salvó mi vida. Por eso, hoy aviso de la partida de un ser decente, feliz e incandescente. Extraño a mi hermano.

Y sí: el renacuajo que por vanidoso no quiso llegar a rana, tenía la oreja derecha más grande que la izquierda.

Nunca se lo dije.

jueves 19 de noviembre de 2009

Un día cualquiera



Bien dicen por ahí: ten cuidado con lo que desees porque se te puede cumplir. Y pues por andar de hocicón diciendo que los viernes era muy difícil escribir y tanto gasto de huellas digitales en quejas y lloriqueos, que me castigan y hoy me aventaron al ruedo en jueves para completar el desgarriate que comenzó el lunes el buen Chanfle dejándole su día a Miranda. Luego Olis en una onda muy alemana, consensuó consigo misma y que se adelanta. Total que ya no escribí el último día, sino que mi último día para escribir fue el miércoles, es decir que en el Korova se abrió la caja de Pandora, y afortunadamente no salieron Maite, Isabel y Fernanda echando gorgoritos con el consabido y sentido verso de “Cómo te va mi amor”, sino un orden desordenado de posteadas.

La cosa bonita, la cosa inesperada, la cosa abrupta de los cambios de último momento me puso a pensar en onda olla express, es decir tratando de cocinar las ideas en fa, y con aquello del último día, las imágenes en mi mente siempre eran las ventas de fin de temporada de tiendas departamentales, las fechas límites para renovar el IFE o el día de entrega del trabajo final de biología en la secu, pero un infausto suceso de pronto me pegó como un martillo en la cabeza.

No quiero ahondar mucho en el cómo o en el por qué, no me corresponde, pero un buen amigo de este espacio no alcanzó a leer el tema de esta semana y ya no podrá seguir a su querido Inphi.

Como para morir el único requisito es estar vivo, debería ser para todos muy natural que de pronto algún amigo o familiar se vaya al otro barrio, pero no es así. Es schockeante, y ahora más que nunca, “Terrible” que las putadas del destino corten de tajo una vida.

Lo de David me puso de golpe en la tierra y me hizo cuestionarme: ¿qué haría yo si supiera que hoy es el último día de mi vida?

Lo primero que pensé y para ser muy franco, es que me aterrorizaría, me congelaría y posiblemente así se me iría toda la jornada y el resto de mi existencia. También es muy posible que me diera un infarto y me le adelantara al sino que de por sí ya había pintado mi raya, pero suponiendo que estuviera en plenitud de facultades y encontrara la serenidad para planear mi último día, definitivamente trataría de convocar a todos mis familiares y amigos queridos para una pachanga que iniciara a las 6 de la tarde y que finalizara justo a las 12, cuando La Parca y yo llegáramos a la cita.
En esa fiesta bebería, bailaría y charlaría con todos y recordaríamos las aventuras vividas.

Antes de eso, antes de despertar por la madrugada tendría una sesión larga y acompasada de caricias y amor con mi Cyn, porque nadie me asegura que haya sexo en el más allá con eso de que luego me salen muy mochos en los cielos. Acto seguido (nunca más adhoc que ahora) me iría al parque con Ari y Darío, me subiría a los juegos mecánicos y les compraría un helado. Los besaría cuantas veces pudiera, los mimaría y abrazaría hasta causarles rechazo. De ahí al cine, hartas palomitas, refresco gigante, otros helados. Como si tuviéramos siete panzas como vacas, nos iríamos los cuatro a comer tacos Manolo o una Pizza Richie de camarón o tal vez tacos estilo Ensenada al restaurancito Cámara Camarón.

Más tarde la fiesta y cuando tuviera que acabar acabaría, y yo partiría ocn una sonrisa en la boca.

Lo que acabo de describir es un sábado cualquiera de mi vida (salvo por la fiesta con todos mis amigos y el encuentro con La Huesuda) y así, de simples y llanos, quiero que sean todos los últimos días de mi vida, todos y cada uno de ellos, los que tengan que ser, los que me toquen.

David persiguió la felicidad hasta el último de sus últimos días, creo que aún sin conocerlo a fondo, al irse ya la había alcanzado y estaba instalado en ella, aún así, este blog ondea su bandera a media asta.

¿Y tú cómo vivirías tu último día?

miércoles 18 de noviembre de 2009

The Olibourne Ultimátum


Cuando escucho 'mañana (puede ser pasadomañana u hoy también, amable lector) es el último día' siento un vacío en el estómago, tan hondo como la Plataforma Continental. Me genera una gran angustia y siento el peso de la vida encima de mí. Ya sea para pagar impuestos, inscribirse en algún curso, ir por el pavo al sótano, llevar el coche a la verificación, pagar el mantenimiento del departamento, tu último día de tragadera porque te pones a dieta, you name it. No puedo con los ultimátums, son una especie de deadline que tienes con la vida y ésta te las cobra con canas, úlceras y tics parapléjicos.

Esta ansiedad, que es un tipo de miedo y estrés, se fue desarrollando conforme pasaron los años. Tengo como primera recolección de memorias el primer ultimátum que tuve y fue en la primaria, cuando eran las interminables vacaciones de verano, en el H. Queen Elizabeth School nos daban un cuadernito con ciertas tareas para mantener viva la enseñanza del año anterior y algunas nuevas cosas que nos iban a enseñar en el año que comenzaba. Recuerdo haber ido en segundo de primaria y pues como era costumbre, me fui de la bonita vacación con mis familiares en Monterrey para ir a McAllen, la Isla del Padre a disfrutar del calor y del cabrito. Mi regreso de tierras norteñas era un día antes de entrar a la escuela, un domingo, evidentemente. Unos días antes, mi madre me pregunta si ya habií terminado el cuadernito del QES. Mi mente comenzó a dar vueltas tratando de ubicar el mentado cuaderno. ¿Dónde lo dejé? ¿¡En mi maleta, en mi escritorio en el DF, en el avión, en dónde está!? Eso bastó para que el estómago hiciera sus pininos en el bungee jump de los olvidos.

Todos los de la casa de mi tía Lidia comenzamos una búsqueda por demás infructuosa, ya que a mi tía se le ocurrió marcar a la casa en el DF sólo para hacer más evidente mi olvido: el cuaderno  se encontraba en la mesa de la entrada. Al salir de la casa con todo el huracán de gente y maletas, se me había olvidado. Este cuaderno, tenía alrededor de unos 15 ejercicios de cada materia, tanto en inglés como en español. Iba a ser imposible que lo terminara en una noche. Cuando llegamos a México, del aeropuerto a la casa, fue toda una tortura, fueron los 40 minutos más largos de mi niñez. Y la frase que marcó para siempre fue 'Hoy es el último día que tienes para acabar el cuadernito. Llega hasta dónde puedas, pero es TÚ responsabilidad el que se te haya olvidado.' Obvio, fue mi madrecita la que me la dijo. Qué se le va a hacer...es abogada, ustedes imaginarán.

Esa noche no dormí preparando el cuadernito. El bus escolar pasaba por mí a las 6:00 am puntualito. Mi mamita estaba por demás orgullosa de mi compromiso con la escuela y mi proceder como buena estudiante. Me preparó mi licuado, me preparó mi lunch y lo puso en mi lonchera de Care Bears para después decirle adiós a una hija ojerosa, cansada y sin ilusiones.

Ese fue el momento en el que pasé de ser una niña completamente sin responsabilidades a ser una adulta pequeña. Nunca más se me volvió a olvidar nada referente al colegio, ni al trabajo. Ese endemoniado cuaderno, tuvo repercusiones funestas en mi vida, porque a partir de entonces, cada vez que escucho '...es el último día...' siento que los jugos gástricos hacen de las suyas y la cabeza se comienza a teñir de color gris.

Ahora, mi mente me está jugando sucio porque cada vez que se acerca un deadline, se me olvida. Terrible, pero cierto. Ya me cansé de preocuparme, de angustiarme y de estresarme. El subsonsciente trabaja de maneras misteriosas. No cabe duda.