jueves, 12 de noviembre de 2009

Nomás de paso


Los lobbies de hotel siempre me han intrigado, por no decir, fascinado. Es una mezcla entre nostalgia, lástima, tristeza y emoción. No sé si me puedo explicar. Seguro no. Pero para que me entiendan rápido, es donde pasan las cosas más trascendentes de un viajero. No...no en el cuarto, a veces, pero no siempre.

Al lobby de hotel donde llegas, te registras, las más de la veces, emocionado de que comienza la bonita vacación o cierras un negocio o viajas de trabahajo a una ciudad desconocida o viajas solo y decidiste llegar ahí. Hay encuentros, reencuentros, despedidas, amantes que se dicen adiós, novios que se despiden, parientes que van a bodas. Todo un desfile de personajes de lo más interesantes.

En lo personal, desde pequeña, me gustaba o no un hotel por su lobby. No importa si era el Real de Minas de Guanajuato o el Marriot de Acapulco en aquélla época. Yo me sentía a mis anchas si el lobby me gustaba. Pero, ¿qué era exactamente lo que me gustaba tanto y lo que todavía me fijo?

Iluminación. Definitivo. Que esté iluminado y no que esté a media luz. Detesto que lo quieran hacer moderno a fuerza de meterle como sombras y colores que absorben la luz. Nenene...si, negro pero con lámparas blancas. Nada de que le juego al Philippe Starck con unas lucecitas de halógeno. No tiene porqué ser caro. Hay un hotel muy modesto en Chilpancingo, Guerrero con un lobby impresionante que te hace sentir en casa. Formas limpias, iluminado y, sobre todo, pisos impecables.

Ahora, la segunda cosa que me llama es que como siempre he sido muy metiche, me imagino la de teatros que han de haber presenciado los del registro del hotel. Desde la pinche vieja que está corrigiendo a su marido diciéndole que no, que esa no es la tarjeta, que tienen otra para puntos, que si no tienen un juego de toallas extra, que si les mandan otros kleenex; hasta el señor amante con la señora amante tratándose de ver lo más casual posible. Todo esto pasa en el lobby, 'Mi cielo, dónde te veo eehhh? para nuestra reunioncita que tenemos jijiji ¿donde siempre? ¿en el lobby del hotel?' o 'Como eres tan inútil, y no vas a saber subir al cuarto, te veo en el lobby del hotel que es más fácil'.

Pero toda esta gente está de paso y yo soy una espectadora que construyo historias por lo que la gente hace y actúa. No se dan cuenta que hay quienes estamos del otro lado del escenario, viendo cómo desaprovechan el momento de una vacación, un encuentro amoroso o la vida misma. Por eso, cuando me registro en un hotel, siempre me tomo unos minutos para ver a mi alrededor y comenzar las historias de lobbies...

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Tiempo (com)partido


Vengo saliendo de consejo y a una experta en Energía le dio un calambre en plena sesión. "¡Agárrenme el musloooo, apriétenlo!". Qué imagen y qué grito de desesperación más cajeto. Esto no tiene que ver con el post, pero sigo orinado de la risa y tenía que decirlo.

Ok, a lo que voy.

Hace algunos ayeres el Dueño de la Fábrica contrató un tiempo compartido en el Mayan de Acapulco, así que armé un viaje de una semana con mi entonces novia: la celebérrima Miss. No digo su nombre porque personaje mata apellido (Adam West no era Adam West; era Batman).

Pues bien, más allá de las 4 horas de interesantísima plática carreteril con la emperatriz de los escotes 40/60, arribamos al hotel. Todo muy mono. Un códice de 7 metros te da la bienvenida, rápido coctelito para caminar por los pasillos y, ya para acabar, la recepción en unos silloncitos donde uno ha de esperar habitación.

Aclaro que, desde que llegó el valet parking, la Miss descendió del carro con una actitud propia de Señorita Eslovaquia. Yo no sé si pensó que la red carpet la esperaba junto con el monigote que hace preguntas idiotas para el canal E!, pero apenas le abrieron la puerta, se tomó su tiempo, aterrizó una piernita, luego la otra, echó una elástica mirada a su alrededor y, entonces sí, despegó sus pompitas sudadas del asiento. No había paparazzi, así que reaccionó con mi punzante "¿te apuras?" y nos dirigimos al lobby.

Recuerdo vívido: yo iba de prisa como chalán y la reina caminaba detrás como si viniese trepada en un carro alegórico de carnaval. Lenta, pausada, soberbia y, claro, mamadora. Si no saludó a nadie en tal recorrido es porque los flamingos ahí apostados eran valemadristas y mamones. Qué caso iban a hacerle a la abanderada del sexo silvestre.

Pasado el "desfile", llegamos al lobby, y mientras me sentaba para echarme mi piñita colada, apareció el clásico asesor del hotel, un ente que solamente se dedica a ofrecerte el cambio de la habitación común a una "suite master", en la que el yacuzzi y una cocina de considerables dimensiones se agregan a la cama y al baño. "No, le agradezco, no estamos interesados, gracias" (con el plural me refería a mi familia). Pero, oh, súbita interrupción de la Miss.

"No, espere joven, sí NOS interesa la master" (ese "nos" me sonó a manada). "Ah muy bien, señora (¡¡¿señoraaaa?!!), pues entonces a las 2 de la tarde los agendo para que vean la suite muestra". Se larga el morenito bobalicón y me le quedo viendo a mi novia, quien anda muy sazonadita en confianza como si cargara el apellido de mi padre, su herencia, su tarjeta de crédito, su coche y su lunar en el cuello. "Georgina, no veremos la suite. El tiempo compartido es de mi papá". Su respuesta es cínicamente inolvidable: "Bombón (neta así me decía), es preferible llegar con mi suegro con información detallada, a sólo decirle que hay una opción de cambio de habitación". Aclaración pertinente a estas alturas del post: la Miss nunca tuvo acceso a mi padre. De eso se encargaron mi sentido común y mi sentido del miedo.

Y hablando de sentidos, si había algo que disfrutaba la Miss más que treparse al guayabo era el faroleo, vamos, el lucimiento en sociedad. Una vez que nos asignaron habitación, mi idea fue encerrarnos inmediatamente para rendir tributo al mundo horizontal, pero para mi sorpresa, a esta pelirroja que tenía por compañera primaveral se le ocurrió permanecer en el lobby un rato más, animada por dos motivos: 1) ver y dejarse ver por la concurrencia que llegaba, y 2) chupar tantas margaritas de cortesía como fuera posible. Hube de explicarle que el hotel tenía un par de restaurantes decentes en los que podría solicitar la misma cantidad de alcohol a cambio de cierto precio colocado en la parte derecha de la mentada carta de bebidas, con lo que evitaríamos quedar como teporochos en agonía o como esos chacales que nomás entran a Wal Mart a cenarse los jamones que dan en salchichonería para, después, largarse impunemente.

La doncella se puso terca y hasta ruidosa (si fuera instrumento, sería de pena capital). Se bebió otro racimo de margaritas, yo ofrecí las respectivas disculpas al jovenazo que no dejó de servirle... hasta que de plano doña Georgina se levantó por su propio pie, y, así, tras la única propina que he dado en mi vida por una "cortesía", nos fuimos al encerrón, donde no pedí microondas porque ésta se calentaba solita. Ahhhh, cómo que no, por el solo hecho de fletarme el oso en el lobby debía obtener una recompensa endocrina.

Y me serví.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Desaparición de una tortura

Recuerdo que cuando era chavito, “ir a Cuernavaca” implicaba un trayecto eterno. Había que prepararme mentalmente para dormir en el camino, recargado en el muslo de mi mamá para aguantar la Odisea, no sin antes despertar un par de veces para preguntar “¿ya llegamos?”, cuando apenas íbamos en 3 Marías o en La Pera. Llegar a Cuernavaca era el equivalente a lo que hoy sería llegar a Europa, pero sin los confortables muslos de mi jefa (me vería, indudablemente, muy pinche gorilón).

Esos lejanísimos trayectos a Cuerna iban seguidos de otra demencial espera: la del registro en el lobby del Posada Jacarandas. Recuerdo también que era un puto suplicio, porque yo lo único que quería era quitarme el pants, ponerme el traje de baño y meterme a la alberca aderezado por unos ridiculísimos goggles hasta que se me corrugara hasta el rinconcito papá. Había una cola burocrática que se fletaba mi padre, mientras yo jodía a mi jefa para que me diera una idea de cuánto faltaba para el fin de la historia. Y mi mamá, creativa ella, hizo que el concepto de “5 minutos” adquiriera dimensiones Borgianas cuando lo único que entendía yo eran las alineaciones que publicaba el ESTO.

Hoy me intriga hacer memoria y entender cómo ha cambiado ese proceso. Porque por más que yo haya crecido y redimensione los sucesos en la versión adulto contemporáneo, estoy seguro que a mis sobrinos o demás ínfulas imberbes no se les hace eterna la espera en el check in del hotel provinciano. Las tradiciones han cambiado y el registro Express es lo de hoy, todo es de volón pimpón, y tienes tu tarjetita alias llave en menos de lo que canta un gallo.

Y ya ni qué decir de los modernizados moteles que incluso te evitan la exposición pública al reducir el lobby de hotel a su mínima expresión: un chalán que te recibe el coche, te cobra el hospedaje, te da tu llave y si te descuidas hasta te da un masaje preparatorio.

Ya me perdí… ¿era esta entrega Lobby de Hotel, o Se Extingue? Bueno, pues yo creo que una mezcla de los dos. RIP.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Gaznate



Dulce es lo que no soy, si acaso picante, ácido, corrosivo. Me es difícil verme como un postre, me gusta más pensar que soy el plato fuerte, algo lleno de proteínas, grasa y harinas, una fritanga rebosante de lípidos difíciles de digerir: un plato de chanfaina, una gaonera del Califa, un taco de buche del puesto de doña Cata en el Mercado de Portales, pero no un postre.

Normalmente, nunca pido un postre, prefiero un café o un sambuca, es más, mejor un Chinchón dulce derecho. Lo que más me puede llamar es un heladito, nada complicado, vainilla con chocolate. Antes decía: dulce yo y dulce el postre, le va a dar diabetes al pastelito, mejor no como, pero no, como dije, no soy dulce, nada cerca de serlo.

Tan no soy amante de la glucosa que no puedo siquiera ver la catsup, es más casi me vomito al probarla. Aberración culinaria, gringada sin chiste, dulzada destruye sabores y atonta paladares.

Ahora que si me hacen manita de puerco y mojo mi pluma en mis papilas gustativas me imagino como un gaznate, un dulcecito retro, nada apetecible por fuera, envuelto en una vil bolsa de plástico blanco, pero con un relleno tan simple como agradable, tan espeso como pegajoso. Un gaznate porque ya no es algo común en estos días ver uno de esos, porque antes estaba en todos los cines, pero como él, yo desde que nacieron mis hijos, me paro en una sala cada que Pixar hace algo o que estrenan 31 minutos.

Un gaznate, porque soy un producto para conocedoras, artesanía que se come con las manos para terminar chupándose los dedos. Tan español que ya es meztizo. Un gaznate porque eventualmente soy la pura piña, pero en realidad soy más reconocido y apreciado por mi coco.

¿Qué tal? Ya no le sigo porque me empalago y los empalago. Chau.

Just like honey


El mejor título para mi delirio más grande: el postre. Y esta canción de The Jesus and The Mary Chain me trae los mejores recuerdos y no precisamente de postres...pero eso...en otra ocasión se les revelará. Sin embargo, viene muy al caso en este tema, porque he decidido salir del clóset y he dejado salir, al fin, mi verdadera personalidad: Soy verdaderamente dulce. Olvídense de aquella mujer amargada e intolerante. No he dejado el sarcasmo a un lado, ni mi parte burlona, pero decidí sacar a flote mi alter ego...La Olis tierna y dulce que, en algún momento de mi suave infancia y adolescencia reinó por los pasillos de las tardeadas del News. Si...esto suena como a...si...como a enamoramiento...si...aunque no hay que echar las campanas al vuelo...

Los que me conocen saben que cambio las vitaminas, omega 3 y proteínas por una exquisita ración de cabrohidratos complejos y glucosa en cualquier momento. No lo pienso. Nunca. El postre es lo primero que veo en una carta. Lo primero que pregunto en cenas, comidas o reuniones, '¿Qué habrá de postre?' Esto me ha hecho una verdadera experta en recetas e ingredientes para la manufactura de estas delicias. Soy una experta en cremas pasteleras...en pasteles de chocolate...una neófita en pays de ruibarbo, pero el primero tuvo gran éxito...en galletas de piloncillo y nata...en Torrejas para cuando los niños pierden el primer diente...en flan de elote...en Carlotas de bayas salvajes...toda una Julia Childs meets Chepina Peralta.

Y después de pensarlo por más de 3 días qué postre sería, mis elecciones son las siguientes.

Red Velvet Cake...

La combinación del betún de vainilla, suave, dulce, aterciopelado y con la consistencia perfecta, ni muy pesado, ni muy ligero hace que el relleno de frutos del bosque sea acidulado en lugar de agrio.

El pan es esponjoso, rociado de la humedad que le da la leche condensada para que, al momento de probarlo, no sea una tarea que implique litros de café o té para poder comerlo. El color rojo lo hace diferente y, sin lugar a dudas,  divertido.

Un pastel sin pretensiones, pero nada aburrido.


Cupcake...

Pequeño, compacto y delicioso. El más socorrido de todos los postres, pero el más difícil de obtener. Porque hay varios, pero un buen cupcake, no se encuentra tan fácil.

La cantidad exacta de merengue, la cantidad exacta de pan, de manera que pueda comerse en 4 bocados y no sea un muffin. Delicados. El relleno de limón, de fresas, de plátano, de vainilla debe de ser exacto para no resultar empalagoso.

Ni tan dulce, ni tan ácido, ni tan amargo, ni tan ordinario. Se puede comer en cualquier estación del año. Sin duda, un pequeño gran postre.

Cada vez que vean en un restaurante la charola o carrito de los postres, sólo piensen en las mujeres del Titanic que le dijeron que no al mesero. La vida es incierta, por eso yo como el postre primero.

Así es que todo el mundo tiene un precio...el mío son los postres.

No, no fue escrito bajo el inlfujo de 'Just like honey'...en esta ocasión le tocó a Beethoven con la Sinfonía No. 7, en A, Opus 92, Allegro con brío conducido por mi favorito, Carlos Kleiber y su Orquesta Filarmónica de Viena. Perfecto para el tema de pastelillos.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

A la carta


Sondeo realizado en varios momentos del martes para construir este dulzoso post. Si yo fuese postre.... sería:

Ceci: Un panquecito de vainilla por dulce y bonachón.

Lawrence: Una simple gelatina de piña por simple, fresco y agradable para cualquier momento

Maru: Una tarta de zarzamora. Cuando pruebas una zarzamora corres el riesgo que sea muy dulce o muy ácida y tú eres así, de repente muy dulce y de repente muy ácido. Pero nunca se sabe cómo serás entre esas dos posibilidades.

I: Un mousse de chocolate amargo que se derrite.

Olivia: Arrroz con leche. Eres como Mauricio Garcés, jaja.

Miranda Hooker: Una natilla, como la que comimos en la Buena Fe.

Flais: Arroz con leche o helado de vainilla con chocolate. Parece fácil pero tiene su chiste, a la mayoría les gusta, les cae bien, si está decoradito hasta se ve elegante y lo mejor es que el encanto está en la sencillez, en su mayoría lo más rebuscado sólo se ve bien en la vitrina.

Kiddo: Cheesecake. De apariencia firme, pero esencia suave. Tan sutil que se derrite en la boca y siempre deja con deseo de comer más. La clave es acompañarlo de momentos especiales. No cualquier día ni en cualquier momento uno puede comerse un cheesecake... Lo mejor es que tiene la dosis perfecta de galleta y queso, así no empalaga por lo que es fácil nunca saciarte de él.

El Terrible: Definitivamente podríamos pensar en chongos. Debes ser más empalagoso que la fregada. Pero bueno, siempre hay a quien le gusta eso, así que no me hago el mamador.

Xosean: Expresso cortado doble. Perfectamente sirve para una buena plática, sin empalagar, acompaña perfecto, pero al mismo tiempo tiene el carácter y la personalidad propia para disfrutar su estancia. No es cuestión de ocurrencia, sino una muy buena costumbre.

Gabs: Flan, por lo dulce y la consistencia suave, super friendly, no orgulloso, no egoísta, suavecito.

Mac: Creme brulee. Suena fresa, es cremoso, dulce (sin sonar puto, aunque sobra un poco por tratarse de postre) y un poco quemado.

Mou: Eres flan. Tú y la leche son uno mismo. Tienes huevos, aunque puedes ser blando por dulzón.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Atascado


Yo puedo perdonar berrinches, groserías, escenitas y hasta madrinas. Pero no, no que no, no puedo perdonar el postre.

Disculpen ustedes el francés, pero no se me ocurre otra manera más clara de expresarlo: comer sin postre es como coger sin orgasmo. El postre es el punto donde todo se puede rescatar, donde las delicias de un gran banquete se pueden redondear, o las miserias de una pésima comida se logran olvidar. Un buen postre es el besito de las buenas noches. (Mi estómago y yo) nos podremos madrear, pero no nos dormimos enojados.

Así, me considero un experto en el rubro. Y no me espanta el desborde ni el empalague. Si nos rigiéramos por esta premisa, si yo fuera postre sería un brownie con helado y jarabe de cholocate encima: siempre a la bruto, siempre confiable.

Sin embargo, en mi reciente viaje a NY, por recomendación de Tamara fui a un restaurante de Max Mara, donde se hace alusión a la historia ésta (que por cierto desconozco profundamente) de Charlie and the chocolate factory. La premisa es muy sencilla: todo es de cholocate. Fondues de chocolate, bebidas de chocolate, pasteles de cholocate, panes de chocolate.

Y lo que es aún mejor: pizzas de chocolate.

Y como les digo, yo no perdono, no me pude ir de NY sin pedir mi pizza de chocolate. HMI le dio dos mordidas y dijo no puedo más, aistán mis rebanadas. Pues voy que te quedó jabón, compermiso pa'luego es tarde. Así, pude disfrutar por partida doble de una crujiente masa dulce, con cajeta como sustituto de lo que vendría siendo la marinara, una capa de chocolate encima, y como topping, bombones blancos bañados con el mismo chocolate.

¡Provecho!


Corrijo: si yo fuera postre, sería la pizza de chocolate de Max Mara. Cómo de que no: soy un atascado.